Señora Basura, Señora Basura

16 octubre, 2010 § 11 comentarios

¡Hola de nuevo, amigos! Ya perdonaréis: he tenido que ir posponiendo escribir aquí porque de verdad que no paro quieta ni un momento, y además no siempre disfruto de una buena conexión a internet. Espero que sabréis comprenderlo. Pero me hace muchísima ilusión saber que me leéis y me encanta leer vuestros comentarios y mensajicos. ¡¡Muchas gracias y muchos besos para todos!!

Hoy os voy contar algo sobre un tema que me lleva tiempo oliendo muy mal: la basura. Aquí el tratamiento de la basura es muy diferente al que tenemos en Europa. Por supuesto el reciclaje no existe, y la recogida de basuras también es un concepto algo laxo. En mi edificio tengo que decir que, después de un mes de lucha con los basureros del barrio y de llegar a acuerdos entre vecinos, nos la recogen puntualmente todas las noches. Pero en el propio campus de la universidad hay días que te encuentras auténticas pilas de mierda a los lados del camino. Los que vivimos en los Staff Quarters sabemos siempre cuándo no han recogido la basura del campus: cientos de moscas y mosquitos nocturnos que no entienden de mosquiteras ni sprays anti- nos lo anuncian. Las estaciones de tren también son lugares favoritos para arrinconar la basura. En realidad, casi cualquier lugar es un buen lugar para dejar unos buenos kilos de ella. Pero lo más desconcertante para mí fue preguntar por la recogida de basuras a uno de mis amigos de aquí, y obtener como respuesta esto: “Pero, si recogiéramos las basuras, ¿de qué iba a vivir la gente de las castas bajas?” A unos doscientos metros de los andenes de cada estación, a ambos lados de las vías, siempre hay unas cuantas casas de chapa que alojan a familias casi siempre muy numerosas. Según mi amigo, se les hace un favor dejándoles la basura cerca, para que puedan rebuscar algo para comer, y materiales para fabricarse sus casas. Y efectivamente, en los slums (o por lo menos, en la parte que yo he visto, que no es ni mucho menos el slum profundo), he contemplado auténticos prodigios de arquitectura realizados con cajas de ordenadores, carteles de publicidad descoloridos y chapas oxidadas. La casa más humilde, que parece que se fuera a caer si soplas cerca, tiene su porche y su mandir y hasta su mini-piscina para los niños en la parte de atrás. Todo hecho con materiales reutilizados. Donde yo veo un montón de basura inservible, hay quien ve una puerta, una ventana, o incluso un trampolín para una piscina. Quizá sus dueños no sepan ni leer que en el tejado de su casa pone “coca-cola”, pero yo tampoco sé leer en esos montones de cosas desechadas. Cada uno somos analfabetos a nuestra manera.

Este asunto de las basuras me desconcierta bastante, porque con lo que he contado antes no está reñido el terrible hecho de que la gente de los slums y de las estaciones vive en unas condiciones de higiene y salubridad deplorables. Si sólo de lejos y de pasada en estas zonas huele a podrido que mata, no me quiero ni imaginar cómo debe de oler si tienes pilas de mierda todos los días a la puerta de tu casa. Y, lo más importante, cualquier corte con uno de esos alambres oxidados, cualquier mordisco de una rata rabiosa (en Mumbai hay una tasa altísima de rabia en los animales, y muchas especies de las que contagiarse, especialmente en las zonas más deprimidas), cualquier picadura de insecto, puede ser hasta letal cuando no te alimentas bien ni tienes acceso a un médico porque no puedes pagarlo. Después de pensar en esto me hace mucha gracia ver en Churchgate, una zona financiera y de pasta, anuncios en las paradas de autobús que dicen: “Keep Mumbai clean”. Pero Mumbai son muchas Mumbais, y parece que para mantener las Mumbais ricas limpias (bueno, ya os he dicho en alguna ocasión que los conceptos de “limpio” y “sucio” son muy diferentes aquí de lo que estamos acostumbrados en Europa; por ejemplo, aquí las papeleras escasean, y los contenedores no existen), hay que trasladar la basura a las Mumbais pobres. Con lo que, además, mantenemos a las castas bajas, y todos tan contentos, porque se pueden fabricar hasta piscinas para sus hijos.

No sé si sabíais que uno de los basureros tecnológicos más grandes del mundo está en el barrio de Kurla, a las afueras de Mumbai (otro de los más grandes y famosos es el de Agbogbloshie en Ghana, en África occidental). Y que estoy hablando de kilómetros y kilómetros duadrados de residuos. Y que alrededor de él hay montadas cientos de mafias que pagan una miseria a la gente para que recoja cobre y otros componentes de los ordenadores. Y que la mayoría de la gente que trabaja en estos macrovertederos son niños. Y que muchos componentes informáticos son altamente tóxicos y causan enfermedades lentas y dolorosas. En occidente se nos llena la boca al hablar de nuestros modernos sistemas de reciclado, y no es para menos: es un paso muy importante, pero queda tanto por hacer… La basura informática no hay quien pague lo que cuesta deshacerse de ella de una forma segura y salubre, así que la enviamos a países como India o Ghana, donde pensamos: total, por un poco más de basura, tampoco lo van a notar. Es un círculo tremendamente injusto, y las razones por las que las cosas son así son muchísimo más complejas que todo lo que yo pueda decir. Si os interesa saber más, en El País hace meses se publicó un artículo  bastante interesante sobre el tema.

¿Os acordáis del personaje de la Señora Basura, de los Fragel Rock? A mí me encantaba. Era un montón de basura que hablaba, y todos los fragel le iban a pedir consejo, porque era la más sabia. Me voy a acercar al cubo más cercano (armada, eso sí, de pinza para la nariz y spray anti-bichos), y con mucho respeto y educación, como hay que decir las cosas cuando se habla de temas serios, le voy a preguntar: Señora Basura, Señora Basura, ¿qué hacemos con usted y todas sus hermanas?

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El cine

22 septiembre, 2010 § 10 comentarios

¡Hola amigos! Perdonad si no os contesto con la frecuencia que me gustaría. Mañana hará ya un mes (¡) que estoy en Mumbai y cada vez tengo más y más cosas que hacer que me impiden sentarme tranquilamente a escribir al ordenador. Hoy tengo fiesta porque es el día grande de Chaturthi, y en todas las playas de la ciudad durante todo el día se podrá ver a grupos de devotos sumergiendo ritualmente en el agua las estatuas de Ganesh. El tráfico estará totalmente imposible, así que seguramente nos tocará quedarnos en Kalina, donde, aunque no podamos ver las inmersiones, también se liará parda (o, mejor dicho, rosa fosforito, que es el color de los polvos que llevan toda la semana tirando desde las camionetas que pasan con el dios elefante dentro). Si podemos, iremos a pie a Juhu, la playa más cercana a Santacruz, pero es posible que ni siquiera andando podamos circular. En el siguiente post os contaré cómo ha ido. ¡Qué ganas!

Pero hoy quería contaros otra experiencia más mundana pero no menos interesante que tuve ayer: fui por primera vez al cine aquí en Mumbai. Aprovechando que no había que madrugar, fuimos a la sesión nocturna, que es a las 22:30. Fuimos al cine de Sion, un barrio que todavía no conocía, un poco más allá de Bandra (el barrio del mercado del que os hablé en el último post). Reservamos unas buenas butacas por teléfono (el precio es distinto según donde te quieras sentar, como en el teatro), pero la reserva caduca si no recoges las entradas antes de 45 minutos, y al llegar a Bandra West nuestro rik cogió el mayor atasco que he visto desde que estoy aquí. Estuvimos clavados en la misma carretera durante más de 1 hora, rodeados de camiones (tengo que hacer fotos a los camiones, son una pasada), buses llenos hasta los topes, coches y más coches, y riks y más riks, y, por supuesto del consiguiente humo espeso que aquí siempre te acompaña. En fin, que llegamos al cine muy justos de tiempo y sin entradas, pero por suerte poca gente va al cine en plena víspera de Chaturthi, así que no tuvimos ningún problema. Os estaréis preguntando qué película fuimos a ver: si un exótico blockbuster de Bollywood, o una trepidante peli de gángsters indios, o quizá la última historia de amor imposible a las orillas del Ganges. Casi. Fuimos a ver Resident Evil 3 en 3-D.

El cine estaba prácticamente vacío, así que nos acomodamos en unas buenas butacas centrales. Nunca mejor dicho lo de acomodarse, porque con un ligero movimiento de pelvis podías reclinar la butaca, mullidita y suave, nueva, con olor como a jazmín, hasta una posición casi horizontal. ¡Qué bueno después de un duro día de trabajo! Hmmmm, parece que tenemos un poco de hambre. ¡No hay problema! Una cohorte de dispuestos camareros te ofrecen el menú del día: hoy, pizzas y refresco. Mientras terminaban los anuncios (que eran fotos fijas, la mayoría de negocios cercanos al cine, con eslóganes tipo “Rajesh, su zapatero de confianza” o “Talleres Shantanu. Si no se lo arreglamos nosotros, es que no tiene arreglo”), nos trajeron las pizzas y las cocacolas. No fue fácil cortar las pizzas en cachos en la oscuridad (unas cuantas manchas de salsa de tomate en mi kurta lo atestiguan), pero estaban bastante buenas, y picantes, por supuesto.

Shhhh, shhhh, que va a empzar la película. De repente, las 5 ó 6 personas que había en la sala se pusieron de pie a la vez, y se llevaron la mano derecha al pecho. ¿Qué pasa? ¿Les está dando una ataque al corazón a todos al mismo tiempo? Enseguida me explicaron que antes de que empiecen las pelis, en los cines de Mumbai es costumbre  levantarse y cantar el himno nacional, Jana Gana Mana, al tiempo que unos estupendos cantores vestidos de blanco sobre fondo multicolor recuerdan la letra en un vídeo:

El vídeo no era este, pero os hacéis una idea de la situación, ¿no? A mí me pareció superdivertido. No pude participar porque no me sabía la canción, pero nadie podrá decir que no viví el momento con fervor como la que más. Nada más terminar el himno empezó la peli. Unos cuantos efectos especiales por aquí, unos cuantos zombis asesinos por allá (Javi, Tat: ¿habéis ido al fin de semana zombi al Caracol? ¡Estoy deseando noticias al respecto!), unas cuantas manos de hostias… Lo del 3-D me pareció una pijadica. Curiosa para una vez, pero no como para pagar casi el doble (la entrada, por cierto, costó 150 rupias, con gafas de 3-D incluídas; algo menos de 3 euros. ¡Ah, los tiempos en que en Zaragoza costaba eso ir al cine!) ¡Lo mejor de la peli fue oir a Mila Jovovich hablar en hindi! Los de la fila de delante pensaban que estábamos una peli distinta a ellos, porque no parábamos de reir: yo porque me hacía mucha gracia oir a estos superherroes americanos (y había un actor español, apostaría a que sí) hablar como en la pelis de Bollywood; y mis amigos, porque les hacía mucha gracia oirme reir a mí.

A mitad de la película, de repente, en medio de una escena de acción, se cortó la proyección y se encendieron las luces. ¡Aivá, se ha estropeado el rollo!, pensé. Otra sorpresa: a mitad de las pelis hay un descanso de 15 minutos para que quien lo necesite pueda ir al baño, o a jamarse otra pizza, o a estirar las piernas. ¡Qué considerados! ¿Alguien sabe si en España antes también se hacía así? Me quiere sonar…

En fin, que para mí fue toda una experiencia nueva y apasionante ir al cine. Como todo por aquí. Lo más cotidiano es extraordinario para mí. O viceversa, no sé: vivir cosas extraordinarias se ha convertido en algo cotidiano. ¡Ojalá compartáis este alegrón que me acompaña por estas tierras, dondequiera que estéis! ¡Mil besos!

Happy Chaturthi!

11 septiembre, 2010 § 8 comentarios

Este fin de semana está siendo largo, festivo y muy especial para mí aquí en Mumbai. Ayer viernes se celebró la fiesta musulmana de Ramzan-Id, el final del Ramadán, y hoy sábado se celebra la fiesta hindú de Ganpati, o lo que es lo mismo: la víspera de Chaturthi, las fiestas en honor a Ganesh. Ganesh es este dios hindú que se representa con cabeza de elefante y montado sobre un ratón, y que resulta que es el protector del estado de Maharashtra (cuya capital es Mumbai). El Chaturthi es a Mumbai lo que el Pilar a Zaragoza, vaya. Sólo que con más ruido y más fervor aún. Las fiestas comienzan el domingo y duran 11 días, y para la ocasión toda la ciudad se va engalanando de luces, templos callejeros improvisados, y figuras de Ganesh que se transportan de un lugar a otro en camionetas, siempre seguidas por grupos de gente que baila, canta o toca el tambor. Y nosotros (N.B. que ya no soy sólo “yo”, ahora somos “nosotros”: ¡he hecho amiguicos!) no quisimos ser menos. Nos pusimos nuestros mejores suits (bueno, en mi caso, el único que tengo, que es comprado en supermercado, así que muy bueno no es), y salimos a ver qué nos ofrecía la ciudad.

Primero fuimos a cenar por aquí por el barrio, concretamente al famoso sitio en el que no me quisieron servir chai. ¡Cómo pueden cambiar las cosas en sólo tres semanas! Lo cierto es que no me he rendido y he vuelto más veces, sola y acompañada, ya que la comida es muy buena y los precios muy baratos, y además lo tengo a cinco minutos de casa. Todavía no soy una regular customer, pero dadme otras tres semanas y tendré mi chai sobre la mesa incluso antes de sentarme. Picamos algo ligero: un dosa, un poco de  sabudana, y un uttapam. Y diréis: ¡me lo expliquen! Pues, los dosas son como unos crepes de pasta de arroz muy finos, y en el interior llevan patatas, pimientos y especias; se pueden comer secos o untados en una salsa de coco cremosa o una salsa picante, que también puedes tomar a modo de sopa cuando te has acabado el dosa.

El sabudana es un grano grueso de color blanco (la primera vez que lo vi en casa pensé que era detergente) sin apenas sabor; se puede preparar de muchas formas distintas, pero esta vez los comimos fritos en harina con hierbas, y por supuesto también untados en su correspondiente salsa, que realmente es lo que les da el sabor:

Y los uttapams son como una especie de tortilla de pasta de arroz, con verduras dentro. ¡Muy rico todo!

Cuando terminamos el festín fuimos a un templo popular, porque mis amigos hindúes querían rezar. Era mi primera vez y, ya que camuflarme entre la gente no me resulta precisamente fácil por aquí y que no en todos los templos reciben por igual a devotos y curiosos, me aseguré de que me explicaran antes cuáles eran las normas que debía observar para no meter demasiado la pata: primero hay que descalzarse, y como este templo es en realidad un puesto de fotocopias reconvertido para la ocasión y está en plena calle (iba a decir ‘acera’, pero en Kalina hace mucho tiempo que dejaron de existir), tienes que caminar un par de metros descalzo; al entrar te recibe un señor con un micrófono cantando las oraciones en un tono tan festivo y vehemente que a mí (y que me perdone por el sacrilegio) me recordó a un feriante de los que pregonan las bondades del perrito piloto y la muñeca chochona; todo el mundo estaba sentado o arrodillado, mujeres y hombres juntos, y el señor del micro nos invitó a pasar al interior, donde había una pequeña capilla con una figurita de plata de Ganesh. A la entrada de la capilla hay varias campanillas que cuelgan del quicio, y has de hacer sonar una con la mano derecha cuando entras. (Aquí hay muchas supersticiones relacionadas con las manos: por ejemplo, les da muy mal rollo que utilices la mano izquierda para comer, ya que es la que se usa para asearse.) Una vez en la capilla, nos arrodillamos, y nos quedamos un ratito así. Yo miraba de reojo a la gente que tenía alrededor, y todos me devolvían la mirada con intensidad. Al salir, hay que hacerlo hacia atrás, para no dar nunca la espalda a la imagen del dios. Y, ¿a que os lo estáis imaginando? No quería meter la pata y la metí de lleno. Mi torpeza de toda la vida, que no parece respetar nada, me hizo tropezar con un escalón al salir de espaldas y me caí. En el trayecto hasta el suelo, sin querer hice sonar todas las campanillas, montando un cisco considerable. Yo pensaba que de allí me tiraban al pilón indio como mínimo, pero vi unas cuantas sonrisas entre los devotos, e incluso el tipo del micrófono me hizo un gesto amigable que me tranquilizó un poco. Balbuceé un “Sorry”, y enseguida mis amigos tiraron de mis brazos para sacarme de allí, por si acaso. Fue toda una experiencia, y tengo una hermosa moradura que me la hará recordar cada vez que me siento durante varios días.

Después fuimos en rik a Bandra, sorteando las calles cortadas por impresionantes filas de cientos de hombres musulmanes arrodillados sobre alfombras rezando al unísono. Bandra es un barrio vecino por el que tuve la ocasión de pasear este pasado lunes, y que me encantó. Os hablaré más de él otro día, pero ahora os voy a contar algo sobre el mercado de Linking Road, el más grande de Bandra y de cuantos he visto yo en mi vida. Estaba lleno, lleno, llenísimo de gente de toda clase: Bandra es un barrio sobre todo hindú, pero en Linking Road, hindús, musulmanes, sikhs y cristianos participan de la vida del mercado por igual. El mercado de Linking Road: olor a fritanga, a caca de vaca, a masala, a incienso, a sudor, a humedad, a tinte, a perro. Mil colores. Mil vendedores anunciando que su mercancía es la mejor de la ciudad e invitándote a entrar en su chiringuito: “Ma’m! Ma’m! Come and see”. El mercado está organizado por género: primero van los zapatos, luego la ropa, luego la comida, luego los libros. Yo quería comprar unas camisas y me pedían 800 rupias por cada una. Acabé comprando dos camisas y dos pantalones, todo por 800. Apuesto toda mi ropa de zara (cosida por las mismas manos curtidas que estas kameez de mercadillo) a que un autóctono se lo hubiera llevado todo por una cuarta parte. ¡Ah, el arte del regateo! Lo cierto es que no lo tengo nada fácil para regatear: primero, y esencialmente, porque soy gori (o sea, blanca), y con el sueldo que yo cobro al mes podrían comer todas las familias de un slum durante una buena temporada, con lo que nunca me van a vender al mismo precio en un mercado. Y lo cierto es que lo comprendo y lo respeto. ¡Aunque eso no significa que no vaya a regatear hasta conseguir por lo menos cuatro veces menos del precio inicial que me digan!

Al volver a casa empezó a llover. Todas las noches llueve. Y casi todos los días. El camino hasta mi edificio está siempre plagado de perros sin dueño, ardillas, lagartos rojos con los ojos muy saltones y otros animales que puedo oir pero todavía no he visto. Huele a tierra mojada y a verde. El sonido de la ciudad, con su tráfico y su ajetreo, va desapareciendo poco a poco a medida que me alejo de la calle y me acerco a casa. Es un paseo de apenas cinco minutos, y a mí, a pesar de que lo recorro todos los días, se me sigue antojando una senda secreta que me adentra en la jungla. Cuando llego a la puerta no queda rastro de sonidos de motores; sólo se oyen los animales invisibles, que en su lengua misteriosa me dan las buenas noches.

8 septiembre, 2010 § 3 comentarios

Estoy en la universidad, en el despacho de una catedrática de francés que hoy no viene, zarceando en el ordenador mientras un alumno me hace la parte escrita de una prueba de nivel. He conseguido que me dejen hacer pruebas de nivel, porque los criterios de admisión para los niveles intermedio y avanzado eran un poco absurdos: sólo era posible matricularse si se habían hecho los cursos anteriores en la Universidad de Mumbai. Y me he topado con alumnos que han estudiado en el Cervantes de Delhi, o incluso en España, y que se veían abocados a hacer el curso inicial sólo porque acababan de mudarse aquí. Todavía no tengo claro si era por, digamos, no contribuir a la ampliación de los estudios de español en Mumbai, o simplemente porque no se lo habían planteado. No me extrañaría que fuera un poco de las dos cosas: en el departamento hay muchos problemas que se podrían solucionar fácilmente con un poquito más de organización, pero una visión muy de aquí consiste en pensar que todo tiene que solucionarse por sí solo, aunque se tarden siglos. Si se llega con la mentalidad occidental etnocentrista de “aquí hay cosas que tienen que cambiar” (por supuesto, para hacerlas a mi manera), lo único que se va a conseguir es frustrarse, y, claro, irritar a la gente. Aquí todo lleva un ritmo diferente. Los coches circulan muy rápido, pero casi todo lo demás va muy despacio. Siempre hay tiempo más que de sobra para todo, y todo tiene su propio tiempo. Así que, para mí, se trata de establecer qué cosas no se pueden tolerar (por ejemplo, seguir sin frigorífico porque los responsables se pasan la pelota de tejado en tejado), qué cosas se pueden negociar (por ejemplo, que los profes devuelvan los materiales a su sitio de manera que estén accesibles para quien los necesite), y qué cosas tienes que aprender a encajar tú porque es una costumbre establecida (por ejemplo, que los alumnos se pongan a comer en mitad de la clase, y con comer me refiero a auténticos festines de comida, con su arroz, su roti, su postre y su chai – además, está guay porque siempre me ofrecen ;-)).

Bueno, se ha terminado el tiempo de la prueba escrita, y ahora le tengo que hacer la oral, así que os dejo. ¡Muchos besos!

Adhyapak-ji Day

5 septiembre, 2010 § 12 comentarios

¡Hola de nuevo, amigos! ¡Muchas gracias por vuestro apoyo y vuestros comentarios: se agradecen especialmente mucho desde aquí! Hoy se celebra el Adhyapak-ji Day, o lo que es lo mismo, el Día del Profesor, y una periodista ha publicado un articulillo en el Hindustan Times después de entrevistarnos a los profes extranjeros de Kalina. Lo cierto es que, en lo que a mí respecta, no ha sido nada literal con lo que le dije (la amigA de mi hermano que le escribía cartas desde India se ha convertido en amigO, y me hace mucha gracia eso de que “lo más importante para mí de India es la gente y el arroz biryani con pollo”, lo de las “historias de terror” sobre la India, y lo de que “En España casi nadie usa el cláxon” sería discutible…), y no ha dicho nada de nada sobre las clases, que fue de lo que más le hablé, ya que pensaba que podría ser otro buen medio para publicitarlas. Sólo le interesaban mis experiencias de guiri en India. Nos han dicho que en la versión en papel salimos hasta en foto, pero en el barrio no la hemos podido conseguir.

No sé cómo celebrarán el Adhyapak-ji Day los demás profesores, pero a mí me toca quedarme en casa a prepararme bien para mi primera reunión de departamento y mi primera clase de nivel inicial absoluto, que tendré mañana lunes, en la que, por cierto, ¡se han matriculado más de 50 estudiantes! ¡Es el número más alto de la historia del departamento! De hecho, no saben ni dónde vamos a dar la clase, porque en el edificio de letras no hay aulas de tanta capacidad. Me veo en el patio repitiendo a voz en grito: “¡Hola! ¿Cómo te llamas?” Y, fuera de coñas, podría pasar. En mi clase de nivel intermedio tampoco cabíamos y la tuve que dar con la puerta abierta y varios alumnos sentados en el pasillo, mientras pasaba la gente y con todo el ruido del mundo de fondo. Una maravilla para hacer audiciones…

Bueno, no me enrollo más. Os dejo el articulillo, por si tenéis curiosidad (y una traducción casera, para quienes no os llevéis bien con el inglés). ¡Feliz domingo!


HindustanTimes Sun,05 Sep 2010
West India
Where learning is a two-way process

Kiran Wadhwa, Hindustan Times
Email Author
Mumbai, September 05, 2010

First Published: 00:16 IST(5/9/2010)
Last Updated: 00:17 IST(5/9/2010)

Eva Kaufmann left her home in Austria last year to teach eight students German at the University of Mumbai campus in Kalina. After she teaches them, the 40-year-old goes to learn Hindi at a class. “I first fell in love with India when my grandfather took me to an Indian dance performance when I was six years old,” said Kaufmaan, who lives at Churchgate and takes the train to work every day.At the Kalina campus of the university, there are a handful of teachers who have left everything just to come here to be part of the Indian teaching experience and for them Teacher’s Day is even more special. They all had heard horror stories about the country, several of which are true, but somehow it does not bother them. 

“I have never seen such crazy traffic.  Everyone is honking here. In Spain, you hardly use the horn,” said Miriam Salas, the Spanish teacher who landed in Mumbai last week, her first visit to India. “When I was young, my brother’s friend moved to Delhi and would write letters about his life there. Since then, I knew I wanted to live in India for sometime and not just visit it as a tourist.” 

While the humidity and noise might shake her up a bit, for Salas the people are what count and the spicy Indian chicken biryani.

“I love Indian food. The Indian food you get abroad is so bland and nothing like the real thing,” she added.

The one thing that all the teachers admire and acknowledge about students here is their respect for teachers.  “When I taught at a college in Bhopal last year, I had my first experience of this respect. When I left, the students came to see me off and got me a lot of gifts. They called it gurudakshina, a concept I had never heard of,” said Edwina Sanyasi, who is of Indian origin from Mauritius and lived in France.

“My family has no connection left in India but somehow I wanted to live and teach here,” said the French teacher.

Donde el aprendizaje es un proceso de doble dirección

 Eva Kaufmann dejó su casa en Austria el año pasado para enseñar alemán a ocho alumnos en el campus de Kalina de la Universidad de Mumbai. Después de enseñarles, Eva, de 40 años, va a clase para aprender hindi. “Me enamoré de India por primera vez cuando mi abuelo me llevó a un espectáculo de baile indio a los seis años,” dijo Kaufmann, que vive en Churchgate y coge el tren para ir al trabajo todos los días.

 En el campus de Kalina de la universidad, hay unos cuantos profesores que lo han dejado todo sólo para venir aquí y participar de la experiencia docente india, y para ellos el Día del Profesor es más especial, si cabe. Todos habían oído historias de terror sobre el país, algunas de los cuales son ciertas, pero por lo que sea, no les importa.

“Nunca había visto semejante locura de tráfico. Todo el mundo pita aquí. En España casi nadie toca el cláxon,” dijo Miriam Salas, la profesora de español que aterrizó en Mumbai la semana pasada, en su primera visita a India. “Cuando era pequeña, una amiga de mi hermano se fue a vivir a Delhi y le escribía cartas sobre su vida allí. Desde entonces he sabido que querría vivir en India un tiempo, y no sólo visitarla como turista.”

Aunque la humedad y el ruido le fastidian un poco, para Salas la gente es lo que cuenta, y el arroz biryani con pollo.

“Me encanta la comida india. La comida india que te dan en el extranjero no sabe igual; no hay nada como la auténtica.”

Lo que todos admiran y agradecen de los alumnos de aquí es su respeto por los profesores. “Cuando enseñaba en una facultad en Bhopal el año pasado, tuve mi primera experiencia al respecto. Cuando me marché, los alumnos vinieron a despedirme y me trajeron muchos regalos. Lo llamaron gurudakshina, un concepto del que no había oído hablar nunca,” ha dicho Edwina Sanyasi, que es india de origen, de las Islas Mauricio, y que vivía en Francia. “Mi familia ya no tiene contacto con India, pero por alguna razón yo quería vivir y enseñar aquí,” ha dicho la profesora de francés.

Maire ghar par (Mi casica, y alrededores)

1 septiembre, 2010 § 6 comentarios

Como os dije en el correo colectivo que mandé el otro día, no sólo trabajo en el Campus de Vidyanagari, sino que también vivo aquí. El campus está en una zona que se llama Kalina, dentro de un barrio que se llama Santacruz. Mumbai es una especie de isla alargada, y tanto el centro turístico (que se llama Colaba) como el financiero (que está amuy cerca y se llama Churchgate) están en la parte más al sur de la ciudad. Para que os hagáis una idea: más de 2 horas de tren separan Santacruz de Colaba. Y no sólo es el tiempo lo que los separa: Santacruz es un barrio humilde, especialmente la zona al este de la estación de tren, donde se extiende un slum. Dentro del propio campus de la universidad, que es la zona bien del barrio, también hay varias casas de chapa donde se han instalado familias de estrangis. Por lo visto tienen a los polis untados para que les dejen vivir allí. Por otro lado, en Colaba está el McDonald’s, el Kentucky Fried Chicken, y el famoso Leopold’s, punto de encuentro de turistas y el lugar donde hubo un ataque terrorista en el 2008. No esperes ver muchos taxis en Santacruz: casi sólo pasan rickshaws, porque la gente de aquí hace vida aquí y no se suele mover hacia el centro si no es en transporte público. Y no esperes ver ni un solo rickshaw en Colaba: los taxis dan mejor imagen en las fotos de los turistas. Dentro de los taxis también hay jerarquías: están los regulares y los “de lujo”, que también se llaman cabbies. Aquí tenéis un rickshaw (1ª foto), un taxi regular (2ª) y un cabbie (3ª):

La jerarquía también se nota en los precios:

Rick de mi casa a la Estación de Santacruz (15 minutos): unas 20 rupias = unos 15 céntimos de lauro

Taxi desde la Estación de Churchgate a Nariman Point (la zona donde están los consulados y embajadas, a 10 minutos): 50 rupias = menos de un lauro

Cabbie desde el Hotel Taj Mahal a Colaba Causeway (a 5 minutos): unas 120 rupias = unos 2 lauros

Cierto es que los conductores de rickshaw y taxi regular tienen (merecida) fama de no saberse las calles ni las direcciones (de todas formas, como para sabérselas todas en una ciudad de 440 km2 construida de la forma más caótica del mundo donde las placas con los nombres de las calles o las señales de tráfico simplemente no existen), mientras que los conductores de taxis de lujo siempre saben a dónde llevarte (claro, como prácticamente sólo circulan por las zonas pijas o de negocios…).

Que me voy por las ramas de los peepal trees… Quería hablaros de mi barrio. No hay apenas extranjeros, así que los primeros días me miraban sin parar. Que al principio te hace gracia, pero cuando estás intentando comer en paz y tienes a más de 10 personas observándote tras la luna de un restaurante… Lo cierto es que no nos lo ponen precisamente fácil a los que somos de fuera. Efectivamente, el segundo o tercer día quise comprar pasta de dientes y no hubo manera: ni en inglés, ni con gestos, ni enseñándole la palabra en hindi en el diccionario, ni señalando las cajas de colgate que claramente había en lo alto de una estentería. Vamos, que no me la vendieron porque no les dio la gana, y después me han dicho que puede tener mucho que ver con el hecho de que soy mujer, extranjera y que iba sola. También he visto a un guardia en la puerta de un banco negarme el acceso y dejar pasar a un indio un minuto después. Por cierto, aquí hay policía por todas partes, pero la verdad es que casi siempre están durmiendo repantingados en una silla con los pies en alto. La policía india me recuerda un poco a Kling y Klang, pero en morenos. Por otro lado, en Kalina se habla poco inglés, aparte de en la universidad, claro, con lo que hacer la compra, recargar el móvil o intentar abrirse una cuenta en el banco se convierten en costosas tareas de paciencia, chapurreao de hindi, y recursos comunicativos extralingüísticos varios, desgraciadamente no siempre fructíferos. Y es que sabe muy malo salir a comprar y tenerte que volver con las manos vacías y cara de gili-po-o-o-o-llas porque no has sido capaz de conseguir una triste bolsa de harina. De todas formas, también os digo que eso fue los primeros días. Ahora insisto e insisto hasta que comprenden que de allí no me voy a mover sin lo que he venido a buscar, y entonces sacan algo de ese inglés secreto que me estaba vedado cuando me daba por vencida fácilmente. También voy sabiendo dónde comprar y dónde no (por aquí no hay supermercados, todo son tiendas pequeñas), y a fuerza de oir siempre las mismas cosas, cada día voy entendiendo algo más a los tenderos del barrio y me puedo comunicar un pelín más.

En casa vivo con Edwina, una chica de padres mauricianos (¡gracias, Rocío!) y nacida en Francia. Es muy dulce y candorosa, y también muy tradicional y conservadora. Lo cierto es que tenemos poco en común en cuanto a nuestra  manera de ver la vida en general pero las dos nos esforzamos por entendernos y llegar a acuerdos sobre las cosas que no nos cuadran a la una de la otra. Estoy segura de que negociando podremos tener una convivencia enriquecedora.

Con respecto a la casa en sí, tampoco tengo muchas fotos, y son un poco fiemo, pero quizá os sirvan para haceros una idea.

Este es nuestro salón. No tenemos tele. Decoración por reformar. De momento sólo tenemos un paraguas desplegado, que, quieras que no, siempre hace bonito.

Aquí la cocina. De gas, como veis. La nevera nos hace las veces de armario, porque no funciona. Milagrosamente hemos conseguido que venga una vez el arreglador. Entró, abrió la nevera, le echó un ojo, se rascó el culillo, y nos dijo que no sabía arreglarla. En fin… ¡Esto es India! Todos los días llamo para protestar, que como os digo el método moscarda acaba por funcionar. Y todos los días me contestan lo mismo, que traducido vendría a ser: “Sí, ahora mismico va el técnico, en que se acabe este puñadico pipas. Porque si hay que ir, se va, pero ir pa na es tontería.”

Estos son la letrina y la ducha. La ducha es muy graciosa: ese aparato que veis encima de los cubos es un calentador, pero el agua caliente sólo sale por el grifo que hay justo debajo, es decir, que a no ser que seas del tamaño de un pequeño poni, ducharse allí no es muy cómodo. Además de que cuando enciendes el calentador el agua sale quemante directamente porque también está estropeado. De la ducha alta sólo sale agua fría. Que en días como hoy, que hace muy buena temperatura y no llueve, genial; pero los días que ha llovido sin parar y te levantas con frío y humedad, te apetece una ducha fría como una patada en el culo. La alternativa: mezclar agua caliente del calentador y agua fría de la ducha y lavarse abuela style, con ese cubillo rosa que veis.

De mi habitación sólo me ha dado la batería de la cámara para hacer esta: este es mi aire acondicionado (aunque ahora sólo uso el ventilador para evitar catarros por el contraste en el aire y la calle) y una de mis manchas en la pared. Con el paso de los días y el optimismo que me acompaña, hasta le veo forma maja de mapilla de Europa… En fin, algo haré con ella.

Por el momento los mosquitos me dejan bastante en paz, pero sí que me ha picado una araña en el pie. No preocuparsen, que aquí las arañas son inofensivas. Y esta semana he descubierto el maravilloso mundo de las culebras. Que tampoco son venenosas ni nada, pero sí que da grimilla la primera vez que pisas una.

Bueno, amigos, os dejo. Mañana tenía una reunión con la jefa, pero se cancela porque han enviado una circular de último momento en la que se declara mañana día festivo (se celebra el nacimiento de Krishna). Así que en su lugar, iré al teatro. ¡Qué ganas! Ya os contaré. Más besos.

La universidad (y otros cuentos)

31 agosto, 2010 § Deja un comentario

Como muchos sabéis, aquí en Mumbai trabajo en la universidad dando clases de español. La jefa es una mujer de unos cuarenta y tantos años, resuelta y enérgica en su manera de hablar y de moverse. A veces lleva sari y a veces lleva suit, lo cual, según mi compañera de piso, es señal de modernidad. Parece ser que el sari lo llevan las mujeres mayores o casadas, o cualquier mujer en una ocasión especial; mientras que el suit lo suelen llevar las mujeres jóvenes, o las casadas de espíritu moderno. Por cierto, para los que, como me pasó a mí, os estéis imaginando el suit como el típico traje chaqueta, ahí va una foto:

Esto es un típico Indian suit, compuesto por un churidar, que es un pantalón ancho en la parte de los muslos y estrecho desde la rodilla hasta el tobillo; se lleva muy largo y arrugado en la parte final. La parte de arriba se llama kameez o kurta, y suele estar abierta por ambos costados. El pañuelo se llama dupata, y se lleva sobre los hombros, sin anudar, y con ambos extremos hacia atrás. Las mujeres pakistaníes lo suelen llevar sobre la cabeza; las mujeres musulmanas aquí en Mumbai llevan casi todas niqab negro, que es esta túnica larga con pañuelo que apenas sí deja ver los ojos.

Por lo demás, os presento al resto del departamento: en la oficina están la secretaria y el chico-para-todo. Ella no sé cuántos años tendrá, pero casi parece una niña, delicada como si se fuera a romper al más mínimo golpe. Siempre va descalza, cosa que hacen también muchos profesores y alumnos en la universidad y algunas personas por la calle, especialmente en las estaciones de tren. No deja de sorprenderme, porque los suelos, como casi todo, están verdaderamente sucios y plagados de charcos, insectos y escombros. Tanto que reivindicaba lo de ir descalza, y aquí, por lo menos de momento, se me están bajando los humos jipis y me sale la occidental que llevo dentro (y evidentemente fuera). No habla inglés, pero sí lo escribe y lo entiende. No hemos podido comunicarnos mucho, pero siempre me intenta ayudar y me sonríe: me da la sensación de que le caigo simpática. Él es un hombre mayor, de unos cincuenta años y aspecto muy campechano (el dress code para los hombres es bastante más relajado que para las mujeres). Lo mismo te rellena un impreso que te da una llave o te acompaña a algún sitio. Profes hay unas cuantas, pero por el momento sólo conozco a tres. Las conozco muy poco a las tres, pero las tres me dan buen rollo. Hay una joven, no creo que tenga muchos más años que yo, que el otro día se ofreció a acompañarme a una cafetería del barrio en la que no me querían servir chai por ir sola el otro día. Dice que si me dejo ver a menudo con gente india, pronto me atenderán (casi) igual que a los demás. Otra es un poco mayor, tendrá unos cuarenta años y es la más occidental de aspecto: lleva el pelo corto, vaqueros y camisa corta. Siguiendo la teoría de mi compi, debe de ser muy muy moderna. Ella fue quien me vino a buscar al aeropuerto. Eso sí, tuve que esperar un buen rato allí, sin saber muy bien si me habían abandonado a mi suerte, porque no se le ocurrió poner un cartel con mi nombre hasta cuarenta minutos después de haber llegado. Hubiera sido gracioso, porque no me habían dado ni un triste teléfono al que llamar en caso de que pasara cualquier cosa, ni tampoco la dirección de mi futura casa, a pesar de que les pedí ambas cosas repetidamente mientras estaba en España. La tercera parece un poquito mayor que las dos anteriores. El viernes se portó muy bien porque accedió a sentarse conmigo un rato y solventarme algunas dudas básicas que tenía sobre mis clases, empezando por: ¿dónde iban a ser? El hecho es que me habían asegurado que habría un aula abierta, pero cuando llegué a las 8:00 am a dar mi primera clase estaba todo cerrado a cal y canto con unos pesados candados llenos de herrumbre y telarañas, y no había ni krishnarrey para preguntarle; así que pasé un buen rato con los alumnos en el pasillo, hasta que llegó alguien y nos abrió una sala, de la que por cierto, tuvimos que salir forzosamente a la media hora, ya que otra profesora tenía clase allí, para ir a parar a una clase sin pizarra, elemento que era imprescindible para la actividad que tenía pensado hacer… Ante mi insistencia al respecto, han acabado´por darme la llave del aula sin pizarra. Algo es algo. En lugar de pizarra voy a utilizar la pantalla del ordenador y un cañón. “Nuevos soportes, viejas literaturas.”

En cuanto a la universidad en sí, el Campus de Vidyanagari es uno de los muchos que hay en Mumbai. Una sola universidad (sin contar con la Universidad de Mujeres, que no parece tener excesivo crédito entre las profesoras de mi departamento), pero muchas facultades en distintos lugares de la ciudad bastante alejados entre sí. El edificio es moderno, pero está hecho una penica: todo está muy sucio, muy viejo, y muy destartalado si lo miras con ojos occidentales. Para ir de una planta a otra hay un ascensor que más bien me parece una especie de montacargas primitivo, y casi siempre está estropeado. Las aulas en mi edificio son pequeñas la mayoría; eso sí, todas tienen ventiladores. También están bastante sucias y desordenadas. En los paneles de información los carteles que anuncian esta o aquella opening están ondulados como patatas matutano por la humedad. Pasa lo mismo con las hojas de los libros. No hay una secretaría central, ni conserjería; sólo las secretarías de cada departamento, que no abren antes de las 10:30, así que si necesitas algo antes de esa hora te aguantas.

Alumnos tengo muy muy pocos todavía; el caso es que no han publicitado en absoluto las clases de español, de hecho les habían dicho a los alumnos que no habría profesora este año, y a los de primero les han advertido de que ni se les ocurra coger francés y español a la vez, porque no se pueden aprender dos lenguas latinas al mismo tiempo. Hay que joderse. Estos días he ido pasando por las aulas para presentarme y reclutar alumnos. Y estoy tramando cómo hacer campaña a través de internet. El viernes conocí a los que aspiran a conseguir el Advanced Diploma y a los  part-timers de Diploma (los que no están haciendo una carrera, sino que se apuntan a asignaturas sueltas porque les apetece), que parece que se dan algo más de vida que los de Advanced. Vinieron a pedirme que les diera clase los domingos porque la mayoría trabajan entre semana y les viene mal el horario, pero los domingos son el día del señor que no trabaja y descansa.

Fotos, de momento, no he hecho muchas. Ya sabéis lo parras que soy con lo de documentar los momentos clave. Pero aquí de momento está justificado, porque estos primeros días necesitaba verlo todo primero con mis ojos directamente, sin más intermediarios. Iré haciendo uso del tercer ojo digital poco a poco. Sólo tengo este par de fotos que puedan deciros algo: son del Campus de Vidyanagari. Estos árboles (que se llaman peepal trees, no tengo ni idea de cómo se llamarán en español; ya investigaré) están por todas partes, y siempre pintados de blanco y rojo. El edificio es en el que doy clase, y el lago y los jardines están alrededor de mi casa. Las paradas de autobús son así en toda la ciudad, y los bancos que hay detrás llevan en una placa el nombre del eminente ciudadano que haya puesto la pasta para que estén ahí.

Para terminar por hoy, una anécdota del otro día en la secretaría del departamento: había un señor mayor sentado rellenando papeles y una chica joven a su lado. Me lo presentan como el eminente profesor del vecino departamento de inglés Fulanito de Tal. El buen hombre me da una tarjeta y me presenta a su hija, estudiante de primero, a la que estaba matriculando en Español. Me pide que cuide muy bien de su amada hija, que es muy especial y un tesoro para él. Le digo que descuide y él vuelve a sus papeles. Un par de minutos después le veo dudar sobre qué poner en una de las casillas del formulario queestaba rellenando. Levanta la cabeza y le pregunta a su hija: “¿Cuántos años tienes? ¿24?” Y la hija le responde: “No, tengo 19.”

¡Hasta pronto!

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